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BÉBEME

  • 7 feb 2018
  • 1 Min. de lectura

Eres la perla blanca que se derrama sobre mi ombligo, tan exquisita. Eres mi último exhalo en una noche roja; el último suspiro cuando la luna arde y se derrite. Cuando esa braza cae encima de nosotros vistiéndonos del otro, y ardiendo. Así pues, de ese licor tan espeso, derramándote lenta eres la sangre que se me escurre cuando sangro. La miel que me lamo cuando lastimado me escurre el espeso y dulce sumo del dolor en una herida abierta. Eres cada poro que siento cuando te me introduces en recuerdos, falanges. Eres todo eso y además el trago ardiente de toda esa lumbre en una noche bañada en colores de estridencia; de incendio. Recuerdo haberte casi besado y haberme querido besar flama. Recuerdo el día bendito que me contagiaste tu enfermedad, más bien dicho tu gloria; cuando me observaste y lentamente enterraste esos colmillos. Y recuerdo cuando me regalaste la cura, el ritmo, la danza. Ahora lamemos juntos el filo de la espada al compas de nuestra lumbre eterna. Y limpiamos la sangre coagulada. Que importa si la vida es eso, sangre coagulada. Lamamos nuestras heridas que la herida cierra, y la dermis se cura. La esperma escurre mientras, solo un segundo.

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