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JAQUECA

  • 12 feb 2018
  • 5 Min. de lectura

Pero que es toda esta rabia. Me encuentro corriendo con la nariz sangrando y desde hace un segundo no sé a donde voy o de que huyo. Me detengo mientras me limpio la sangre que gotea de mi nariz y con la boca trato de encontrar partículas de calma en el aire, tragándolo agitada y desesperadamente. Pero las campanas están tañendo en su amargo espesor. Sé que no hay a dónde ir. La tierra vibra ferozmente, el suelo se resquebraja, las trompetas hacen resonar su desagradable eco de desesperanza en el cielo, que cruje y lentamente se rompe en un violento trueno, como si el puño ingente de Zeus hubiera atravesado la atmósfera para destruir la vida con un odio febril. El cielo muta lenta pero con la intensidad de ese mismo odio el color azul de su manto a un tono rojo carmesí, al mismo tiempo que las estrellas lo fecundan una a una con una intensidad directamente proporcional a toda esa majestuosidad. Nunca en mi vida había visto un color tan intenso que pareciera incluso tener vida propia. Ni siquiera en la noche más oscura las estrellas brillaron tan exultantes. Es un color tan vibrante que pareciera ser un agujero que absorbe los sentidos.

Espinas. Inefable es todo ese poder manifestándose ahí arriba. Un relámpago rompe el color carmín en un destello para volverlo negro, como si el cielo fuera una bola de cristal gigante que se hubiera quebrado al mismo tiempo que de sus fisuras un liquido negro y viscoso comenzara a brotar y empezase a mezclar con toda esa hermosura que antes habitaba dentro. Y como si un gigante hubiera nacido del mismo trueno, todo ese color y destellos de luz, toda esa materia empieza a deslizarse, como si fuese inhalada. Mil aves atraviesan el agujero que surca el cielo. Y de pronto un dulcísimo aroma me satura el olfato y se apodera de mis demás sentidos. Toso violenta e instintivamente. Mi vista se nubla mientras las campanas y las trompetas continúan resonando en el cielo que cruje, pero yo estoy tan embriagado de ese aroma tan perfecto que mi gusto se vuelve amargo, como todos mis demás sentidos. Veneno. De pronto me siento ebrio, drogado. Intento encontrar alguna cura en la vacuidad, enrojecidos mis ojos su iris se derrama. Mi cabeza se desarticula del resto de mi cuerpo. Mil voces inflan mi pensamiento y me rio mientras intento continuar cruzar ese túnel en el que ahora me encuentro. Cualquier esfuerzo es inútil, el más mínimo movimiento produce en mi interior un vértigo tal que lo único que puedo hacer es dejar caer toda esa zozobra de mis sentidos, junto con mi cuerpo anquilosado al suelo, mientras siento como cada inhalo de aire desesperado recorre hasta la última vena. Y me desplomo, yaciendo al lado de una bella flor.

Resiliencia. Pero qué hermosa flor…Las voces siguen carcomiéndome por dentro y todo ese conjunto se vuelve un hedor y escucho el eco de una risa vehemente. Cerrar los ojos no amaina esta modorra, y de pronto alzo la vista y desde el cielo veo cayendo un ave. Río.

Parpadeo pesadamente y de pronto me encuentro surcando el cielo roto, hermoso. Estoy inmerso en este universo carmesí vivo. Este color no es más que la sangre viva del cosmos, y las estrellas son palpitares que emanan luz. Estoy inmerso en todo este poder con vida propia, y estoy tan pequeño, indefenso ante esta naturaleza incluso tan agresiva. No hay libertad que mis alas puedan surcar a través de todo este poder tan vivo. Mis alas, yo tan fútil. Y de pronto solo escucho esa vida hacerse resplandecer un segundo a través de mi en un horrible y estruendoso destello, y siento un terrible ardor en mi plexo. un trueno atravesó mi carne cual flecha. Ho! Ahí voy yo; me veo ave de presa, cazada, cayendo, mientras observo mil aves de mi misma especie atravesar el cielo en el cual estoy inmerso, que esta vez ha tornádose negro. Tan vacío es este color, pareciera absorber toda la demás vida que habita mi alrededor con la misma impotencia en los ojos, huyendo.

Y en ese dolor insondable seguí cayendo, tan profundo era el dolor que en algún momento empecé a sentir caer con el peso de una pluma, y observé todo moverse tan lento, cayendo yo tan suavemente, a través de ese azul, carmín, negro, blanco…como depositado por las manos gigantes de un espíritu invisible hacia la tierra, hacia mi tumba.

Caí sobre un campo verde, con tanto cuidado fui depositado…Y de pronto me vi flor. Tan indefensa, tan joven, radiante y tierna. Recién nacida.

Intento encontrar mi cabeza en el suelo. Ho, es tan hermosa. Mira!...nunca mi rostro antes fue tan puro e inmaculado. Tan tersa es mi piel. Y abro los ojos, me observo y suelto una risa burlona. Me carcajeo sin control…Dejo caer mi cabeza mientras un hilo de sangre emana de la nariz, y una larva brota de un coágulo del mismo orificio nasal, y observo mi cabeza escupir sangre, larvas…Toser todo ese lodo mientras se carcajea rabiosamente. El miedo se ha apoderado de mi.

Deténganse! paren de hablar por favor! Escucho todo ese ruido dentro de mi expandiéndose en cada vena, jugando con cada uno de los tejidos de mi deseo, mi sexo. Y siento todas esas larvas pululantes moviéndose dentro mío, mil agujas enterrándose en mis entrañas…Y flor observo como ese fresco y hermoso rostro me observa y sonríe, mientras las larvas comienzan a devorar su carne. No tardan mucho en dilatarse; estiran su tejido dúctil mientras su piel se vuelve escamosa y púbica. Al parecer mi carne es fecunda. Continúan fabricando capullos sobre mi rostro…Ha!...Uno...las voces siguen inflando mi cabeza...Dos...continúo exangüe en el suelo...Tres...no puede ser tan malo...cuatro...Palpitar...cinco...

Intento encontrar alguna esperanza en el espacio, tragándolo en inhalaciones profundas. Mi vista continúa inflamada de esos exultantes colores, tan abrazadores y agresivos como el calor de un incendio. Un océano de rojo y matices guindas circundan mi visión. Y el más mínimo movimiento hace erupcionar violentamente tonalidades de rosa, verde, amarillo… Ja! Escucho una carcajada…seis...abro los ojos nuevamente... Siete… Ahí estoy.

Pero que bella flor…esta vez desde mi propia cabeza observo la belleza de sus pétalos y la delicada perfección de su tallo. Nunca en la vida había visto otra flor con tanta inocencia destilar de su tallo. Y veo como el aire juega con esa ternura que suscita la risa de un infante en mi mente…De pronto siento una colmena de moscas en el rostro, arde.

Mariposas. Los capullos se han roto, la metamorfosis de la podredumbre que me habitaba ha dado fruto a una nueva forma de vida hermosa. Ve el color de esas alas... Una de las mariposas se ha posado sobre mis pétalos. Siento tanta euforia... cada inhalo de mi respiración es un trago de realidad. Me trago todos esos colores, puedo sentirlos permeándome los alveolos y cada exhalo es lumbre que me consume el corazón. Que importa si un segundo me puedo regocijar en este júbilo.

HAAA!... Pero que es este dolor! El cielo rompe en llanto y las trompetas y campanas resquebrajan todos esos bellos colores, no, no! La flor se marchita en un segundo y un ave muerta cae violentamente del cielo al lado mío. Sangre. HAAA!

Despierto. Mi visión es borrosa, intento retirar una costra de sangre en mi nariz, apenas y siento secuelas de la jaqueca que me carcomía el cuerpo. Permanezco en silencio unos segundos, inmóvil, tratando de detectar el más mínimo signo de secuelas de dolor en alguno de mis sentidos, en mi cuerpo, temeroso de sentir la más mínima señal de malestar.

Al parecer el dolor ha mermado por completo, es un nuevo día, los pájaros cantan. El cielo es más hermoso que nunca.

2017.

 
 
 

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