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PERLAS

  • 12 feb 2018
  • 3 Min. de lectura


No hace mucho que derramé la última lágrima de mi llanto, tanta tristeza; pesadez fue el único arrullo que encontré esa vez. Un día eterno lloré, sin atardecer o anochecer, tan pesado yo me encontré ese día eterno acompañado por los cuervos, que jugaban con el aire caliente utilizándolo para revolotear esa incertidumbre, ese dolor y toda la crueldad ubicua en el aire hirviendo; rojo, cuyo único eco era el de mi llanto.

Una serpiente me observaba justamente frente mío, inmóvil, pero tan dúctil a este dolor. Nunca pudo haber más despiadado verdugo que la voz de mi pensamiento ese día. Y heme aquí, en esta desolación, como puedo expresar tanta pesadez, tanta melancolía por todas esas almas que caminan como leva frente a mi. Y yo tan desprovisto de fuerza o ningún conocimiento para decirles cuál es el camino que deben seguir. ¡Deténganse!-Es inútil, todas se han empezado a sujetar unas a las otras, desesperadas; faltas de una voz que les diga dónde y cómo ir. Intentan desgarrar, morder, volar. Qué les pasa, todas esas almas que algún día miraban al sol ahora están secas caminando con la mirada agachada, tan escasas de una luz. Un campo de girasoles secos que ni siquiera pude regar con mi llanto. Me masturbo porque no hay lluvia alguna que fecunde esta arena desde que en este día eterno no anochece. Regué toda esta sobra de pasión, de amor y de mi escasa luz sobre los pies de una cruz, como ofrenda. Mi sangre incluso ya espesa; negra, es estéril. Pero qué hay de mi deseo, mi amigo, que hay de mi deseo.

Cuando respiro por un segundo y me trago toda esta calidez con los ojos cerrados y los brazos abiertos, mientras los cuervos me observan desde arriba sin poder hacer nada más que contemplar, el aire se vuelve tibio. Oro. Qué hay de mi deseo si me inclino y deposito mi frente en esta sal, y la inhalo un segundo entre mis dedos, y de pronto el estridente ruido del cuervo se vuelve un tierno canto de un pájaro. Si tan sólo puedo evocar por un instante toda esa vehemencia con la que brota un pétalo. La serpiente hace sonar su cascabel y escucho campanillas en mi cabeza. Siento la tibia brisa, el cantar de los pajaritos. Y ahí estás tú; tan blanca, embriagada de nuestras risas y nuestro baile. Bañada en ese perfume tuyo de las perlas de tu sudor, sonriéndome tibia, bailándome tan suavemente como incienso, mientras te quemas y fundes en el aire haciéndote esfumar en cada inhalo de mi, dulce y suave. Me inhalas todo hasta que me fundo contigo, y juntos danzamos cual fuego! Ardiendo en el espacio. Vicio carne y vida, amor! Éramos dos raíces tiernitas brotando de dos semillas diferentes, conjugando nuestras suavidades; tan vírgenes enredándonos en esa espiral tan hermosa llamada éxtasis. Tan vírgenes fuimos, ambos quemándonos, ardiendo, volviéndonos lumbre! Vibrándonos nos volvimos un fruto maduro. Y te lamí tu carmín, te mordí expoliándote el alma a la par que tu me devorabas, exquisita. Y me sonreías tan blanca. Hasta las cenizas. Qué delicia! Si tu amarga semilla mordí y tragué. Yo me bebí tu zumo a mordidas. Ha! Mi dulce veneno. Ha!

Y la corriente de todo ese sudor, de ese rio de pasión, nos trajo hasta aquí, tierra seca donde todos las esperanzas muertas están decantadas. Qué hago yo aquí, esperanza muerta. Recogí conchitas y desesperado mate esa última vida para intentar encontrar perlas. Sin perlas, sin vida ahora. Qué estúpido fui, ahora dónde está mi deseo, dónde están aquellas almas. Qué es la ignorancia?

2017.

 
 
 

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