ECE
- 19 feb 2018
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Matar o morir. No es acaso el instinto de supervivencia una pulsión rabiosa que nos obliga a mantener nuestro propio pulso conectado al palpitar carnal que habita en todo organismo vivo? Es acaso un miedo al abandono de la propia eternidad para hundirnos en el más cruel océano del olvido? Es acaso la muerte una opción para sujetar en las manos un segundo la gloria de la eternidad y cumplir la función de dicho principio? Cualquiera que sea el caso, opté por claudicar mi confusión en brazos de Ece, turca de estatura un poco más baja que la mía, con una piel tersa y clara, es decir; si mezclásemos una tonalidad rojiza con otra amarilla y blanca; blanca en una proporción tal vez triple que la amarilla y hasta unas ocho veces más que la roja, obtendríamos posiblemente el color más adecuado para reproducir el tono general de su rostro. Así pues decía que decidí morir entre las piernas de esa obesa mujer, de un busto mínimamente más grande de acuerdo a la proporción de su cuerpo. De haberle el destino restado unos 10 kilos de la grasa que habitaba bajo su piel creo que hubiera sido el ideal de belleza femenina helenística. De cualquier forma una mujer no es perfecta realmente por el físico, si no por la experiencia de la belleza en la manifestación del lenguaje de sus propios sentidos. Sin embargo ese lenguaje debe ser mutuo en la comunicación con otro ser humano para establecer relaciones de ardiente afecto. Y desde el momento que nos encontraríamos me di cuenta que definitivamente sería difícil establecer ese lenguaje entre nosotros.
Fuimos a beber una copa de un vino a algún lugar para platicar de las tonterías y banalidades que sólo son necesarias cuando hay que suplir aquél maravilloso lenguaje. La modorra de la ignorancia producida exclusivamente por la escases de curiosidad por descubrir de qué manera aprender la pasión invisible que circunda la vida, habitaba en su mirada. Así que el lenguaje siempre nos resultó complicado. Considero que estuve a la altura de cualquier tema que ella mencionara; podía responder o rebatir con facilidad e inventar cualquier tipo de comentario para contradecirla. Tenia información suficiente para poder platicar con ella ampliamente ante cualquiera de sus exigencias. Aunado a eso podía percibir cierta falsedad en las emociones de lo que decía; como si compartiera mis ideas en un acto de condescendencia para probarme que compartíamos el mismo pensamiento. Así que nos terminamos la copa de vino, y para cuando habíamos abandonado el lugar me había dado cuenta perfectamente que la mujer se sentía atraída hacia mi. Y bueno; yo era el extrangero, y le había comentado de mi situación económica que mantenía limitados mis gastos diarios. Ha, es verdad! Me faltó describir el resto de aquella mujer con cabello rizado, dientes limpios pero dañados por el tabaco y el azúcar; los incisivos estaban algo carcomidos por el sarro, no eran chuecos pero poseían una tonalidad ligeramente azulada que revelaba la escasez de cuidado higiénico. Empero, sus facciones no eran del todo desagradables para mi; la forma triangular de su rostro albergaba una nariz ligeramente respingada con la punta mínimamente redondeada, pecas maquillaban sus mejillas generosamente. Sus ojos finamente rasgados siempre destilaban una sensación que hacía galopar mi cordura en dirección a lo subliminal.
Esa noche iba vestida de negro; pantalón negro, blusa holgada que cubría su desproporcionada figura a causa del tejido adiposo que impedía observar toda la experiencia de sus músculos y carne. En el cuello sujeto tenía un collar negro que amarraba ambos extremos mediante una argolla. La mujer iba cargada con todo eso además de la grasa que permeaba su cuerpo y hacía difícil ver toda la experiencia física real de su anatomía.
Así que después del vino sugerí ir a bailar, propuesta que la mujer aceptó sin objeción alguna. Al parecer más que sumisa le costaba trabajo decidir. Y yo era consciente que yo tenía el mando esa noche; era el forastero maloliente y ella estaba atraída hacia mis feromonas.
Así que fuimos a bailar a un bar en un callejón donde había estado antes con un amigo francés y otra española, bailando intentando consagrar el éxtasis dentro de nuestro cuerpo.
Pero estuvimos esa noche la turca y yo bailando. El resto de mujeres tan hermosas que se pavonean tan atractivas eran absolutamente conscientes de la perfección de su ligera y suave danza de caderas, así como la belleza de sus facciones. La mujer había comenzado el contacto físico. Suaves roses de cuerpo, obeso cuerpo. Con la seguridad que solamente su reproducción femenina le permitió, posó la palma derecha en mi cadera, logrando sujetar por completo la atención de mis sentidos en un acto suave pero que inyectó su delicadeza en todo mi cuerpo. Tratamos de matar silencios breves con anécdotas absurdas, al momento que recordaba la deliciosa sensación de estar enajenado, o más bien clavado en la absoluta consciencia de la armonía entre el placer de escuchar un ritmo y dejarlo fluir violentamente a través del cuerpo, que la maravillosa droga del éxtasis hace sentir.
Aparentemente la mujer no frecuentaba ese tipo de lugares – ho! Seems a little scary- cuando llegamos, ella estaba un poco incomoda así que después de la primer bebida nos movimos de lugar, aunque yo la estaba pasando muy bien– You should come to África with me - caminamos alrededor de 15 minutos para entrar a otro lugar que por supuesto también ya había visitado antes... uf! Y que noche aquella, bailando con la otra turca que comprendía el español. Pero ésta poseía unos pechos maravillosamente carnosos, y una cadera que revelaba un movimiento terriblemente sexual y que exigía la participación de sus gruesos muslos y por supuesto la mirada de su angelical rostro. Estuvimos bailando y rosándonos mutuamente nuestros sexos con el cuerpo, sin éxito de cópula alguno. Después de todo la mujer es la reina y dueña de la propia reproducción.
Y estuvimos bailando el resto de la noche en ese lugar con la tal Ece. Nos fuimos a su morada en un taxi. Finalmente habíamos llegado a sus alfombrados aposentos, en un edificio de unos 10 pisos. Era una atmósfera muy cálida. Se duchó y yo seguí su ejemplo pero tal vez de una forma un poco más minuciosa. Sugerí acostarnos, naturalmente porque mi lívido se había hecho manifestar en una erección formidable. Y sin más preámbulo la comencé a besar, después de todo la mujer no poseía unas facciones del todo desagradables para mi, y yo necesitaba más estimulación para ejecutar el acto sexual.
Así que estuvimos besándonos algunos minutos, sin embargo nunca pude comunicarme de ninguna manera satisfactoria a través de ese lenguaje bendito con ella, nunca. Pero estaba tan excitado que no me quedaba más remedio que dejar desbordar mi rabioso deseo a través de mis sentidos. Así que toqué su obeso cuerpo, sus senos que eran buenos, es decir carnosos. Y desnudé sus piernas (ligeramente velludas) de la ajustada pijama que las cubría. Incluso parecía sentirse algo incomoda por el vello púbico que pululaba en su sexo -i need to shower again- y se fue a lavar de nuevo toda esa costra de energía que habíamos estado bailando en la noche. Regresó a la cama y el absoluto de que yo fornicaría su cuerpo era una realidad; cuando me dí cuenta ya estaba sujetándola cual león a la carne de su presa, con mis manos como garras. Y dejé desbordar todo ese rabioso deseo en mi imaginativa; recordé a Evangelina, Kely, Amy, a esos aproximadamente 60 días sin penetrar ninguna vagina. Porque ya no se trataba esta vez de un lenguaje bello de seducción o necesidad sentimental recíproca. Para nada se trataba de un intercambio sensitivo y emocional de ternura; esta vez era un licántropo hambriento mordiendo un animal que la manada había matado para alimentarse y continuar la supervivencia. Así que sujeté su cabeza y con mi mano subliminalmente le sugerí besarme el resto de mi cuerpo, pero incluso esa opción iba ser demasiado lenta. -Do you like oral sex? I love it, and i´m good at it.- Bendito seas Alá! Así que sin más ni menos comencé a acariciarle el cabello y ella entendió perfectamente los códigos. Lentamente se deslizaba sobre mi piel; me beso bajo mis labios, el cuello, mordió mi pezón derecho, besó la carne bajo mi cadera...Hija de puta! Pues si que sabía hacerlo bien. Y lenta pero segura de si misma examinó mi carne en lengüetazos. Se había vuelto una serpiente, olfateando e inspeccionando la fertilidad de mi carne con su bífida lengua. Al parecer su venenosa saliva estaba haciendo estragos en mi organismo, que empezó a convulsionarse. Lo siguiente que supe es que ella me tenía enrollado, estrujándome el cuerpo de cabeza a cadera, y yo me había vuelto su presa y además no ponía ninguna resistencia. Sin dificultad la mujer serpiente ejecutó la felación satisfactoriamente. Su veneno me había anestesiado por completo, había introducido sus colmillos y lo hacia suave, lenta y placenteramente. Continuó regando toda su venenosa saliva sobre el campo fértil de mi sexo hasta que no pudo más y se montó sobre mí! Sin embargo esta vez, por primera vez en mi vida fui consciente del riesgo de la posibilidad de contraer todos los bichos que posiblemente su cuerpo albergara. Al parecer mi cuerpo pero no mi cerebro estaba carcomido por el deseo. La lasciva no era tan febril? Qué pasa? Ella vistió mi sexo con un latex. Y lentamente se dejó desvanecer. Uf! Su sexo era realmente delicioso. Y cada partícula de mi ser se introdujo como succionada por ese delicioso agujero. Uno, dos, tres…haaa! La mujer ejecutaba cada movimiento con una seguridad que no revelaba más que su maestría en el bello arte del fornicar. Sin embargo yo no necesitaba ternura alguna. El diablo se me había trepado y se reía eufórica y enfermamente en mis oídos, me lengüeteaba el cuello y las cosquillas de toda esa enfermedad me obligaron a querer matarla! Así que esta vez la quité de encima y como un perro fecundé hasta su último nervio. La escasa luz que atisbaba a través de la ventana me recordó la imperfección de su cuerpo pero que importaba, la oscuridad no era más que poder! Y yo estaba tan caliente que mi sexo estaba reventado. Mordí su carne como un lobo desesperado mientras la agredía con mis manos al mismo tiempo. Su sexo despedía un hedor profundo. Dos veces le llevó tratar de lavarse ese lodo sin éxito alguno. Al parecer puedo reconocer ya la calaña de la gente; me había acordado de la mujer que había contaminado mi cuerpo alguna vez con el rigor de su despiadada enfermedad clamidiosa. O el cuerpo granoso de Elizabeth. Qué importaba si yo estaba bien protegido con mi escudo, armadura y mi filosa y poderosa espada para combatir a ese leviatán que había robado el cuerpo de aquella pobre mujer llamada Ece! Qué importaba si ella parecía estarlo pasando de maravilla, y después de todo yo también! Qué importaba si nuestro lenguaje en ese momento era tan perfecto que nos habíamos vuelto un coágulo de rabia apunto de reventar!
Sin embargo el latex nunca ha hecho fluir mi deseo de una manera satisfactoria. Me estaba marchitando en la escasez de mi energía; seco de pasión y seco de deseo. - Emi i need you harder again...- sí sí sí pero yo no me voy a quitar el latex, amiguita - wait.- Aquí voy, cayendo, cayendo pacientemente en la profundidad de mis recuerdos líquidos en ese lento cauce de agonía hasta que frente a mí estaban nuevamente los rostros de la perfecta Kely encima, Morgan, Magna!…Y de pronto ahí me encontraba una vez más, observando a ese ingente demonio frente a mí, listo para alimentarse de la llama de mi propio corazón. Así que al compás de todos los recuerdos que se habían manifestado cual leva de ángeles en cada una de las estrellas que fecundaban el cielo, con mi espada erecta hacia la voluntad del mismísimo creador, aquellas almas que acudían a mi favor y mi espíritu rugieron de valentía y me inmolé en un movimiento para cortar la cabeza de ese terrible monstruo!
Se dejaba caer tan suavemente para continuar violentamente el cause de su lasciva de una forma no menos que magistral! No le fue tan difícil a esa Gorgona petrificar la aparente escasez de mi cuerpo para saciar su hambre! Así que continué la actividad como pude, realmente como pude porque toda mi vitalidad había sido ya succionada por esa cloaca ingente de deseo que la mujer poseía en el cuerpo. Y sin otra opción más que la evacuación de mi alma deje escurrir el último exhalo de mi propia vida en un estruendoso gemido de muerte para la expiación del espíritu de esa pobre mujer!…
La mañana siguiente Ece quería desayunar, o más bien que yo le preparara el desayuno. Y a mi me gusta cocinar aunque no se hacerlo muy bien, con placer. Fuimos a comprar lo necesario para reponer las pérdidas de la guerra de la noche anterior: verdura, más carne, un pastel…Al parecer a la mujer le gustaba mantener su cuerpo rebosante de calorías. Preparé arroz y carne mientras ella bailaba. Al parecer mi compañía la satisfacía.
Comimos, platicamos un poco de las mismas estupideces del día anterior. Ya era tarde; aproximadamente las 21 horas. Increíblemente había permanecido en su guarida hasta esa hora – Well, i have to go now...- Y me fui abrazado de la noche y el frescor del aire. No había mejor compañía.

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