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FRÁGIL

  • 19 feb 2018
  • 3 Min. de lectura

A propósito de tierras áridas puedo hablar de la escasa ebullición de mis emociones cada vez que contemplaba los ojos de la rusa del cuerpo ancho que albergaba como misterio la dulzura de su fértil feminidad bajo su piel blanca y gruesa, como el resto de su anatomía. Ella nunca me pareció tierra árida, sin embargo nuestro lenguaje emocional siempre lo fue. Tan muerto y frío cual cadáver en el desierto era el lenguaje de nuestras miradas. Ella fue linda, y yo trataba de serlo sin cruzar los límites que separaban la gentileza de la seducción. Un día llegué al hostal en el cual había sido voluntario y al cual por ella misma había sido permitido alojarme la noche anterior, cuando decidí caducar en las piernas de Ece. Y no para otra cosa que darme cuenta de su desaprobación por haberla abandonado, evidentemente.

Un americano con las expansiones en las orejas: Max, nos cortó el cabello a ambos con la maestría que sólo la experiencia de la sensibilidad puede otorgar a un ser humano en la ejecución constante de la actividad que ama. Recuerdo que su forma de sujetar el cabello de la rusa era la misma delicadeza con la que una madre deposita en una cuna a su hijo. Sin duda alguna el tipo era un profesional en su labor, condición que se alimentaba por su pasión hacia ella.

Después fuimos a caminar ella y yo. Llegamos a la orilla de una estación de ferries, en Besiktas, en una plaza al lado de la estación, con gente fecundando el lugar de memorias, sonrisas y risas. Llegamos a ese lugar fecundo de vida después de caminar entre los atisbados vericuetos del frágil e inocente tallo de nuestro deseo, que nunca maduró y permaneció enraizado en cada uno, en la oscuridad de lo más privado y oculto de nuestros sentidos. Yo siempre veía su carne cada vez que me era posible sin que ella lo notara, y trataba de adivinar la posible fertilidad que hasta la fecha es un misterio bajo los tejidos de su vestido holgado y negro que se entrelazaban frágilmente con los propios tejidos de mi deseo. Sin duda alguna sus caderas anchas eran el nido de una tibia semilla que resguardaba la rabia de un peligroso y desconocido animal. Fue mi propio deseo el que había sujetado un segundo en alguna ocasión el aroma emanando de su cuerpo a través de su vestimenta.

Sería acaso esa tibia debilidad suficiente para encender la mecha necesaria para quebrar juntos esa corteza? Esculcar bajo esa tela negra era poco menos inútil que observar su mirada.

Tan negro era su vestido como mi esperanza de apareamiento con alguna mujer que satisficiera mis necesidades espirituales en la concepción de la plenitud física y mental femenina. Irremediable y tristemente resignado decidí refugiar mi espíritu un segundo más bajo sus prendas. Sin otra esperanza más que la resignación, decidido a bañarme en ese tibio barro estuve apunto de sumergirme cuando me sujetó el brazo y posó su cabeza en mi hombro mientras la noche nos regalaba recuerdos, sentados a la orilla de la estación. Un abrazo, una caricia. Su cráneo reposaba en la cúspide de una emoción tan pueril como mi derrota, bajo el delgado tejido de su vestido. De pronto sentí la entera ternura de su ser sujetándome del brazo. Pero mis emociones se encontraban sujetando otra realidad completamente diferente, aferrados a la melancolía de mis recuerdos -We should go, no?...-caminamos de regreso hasta el hostal aproximadamente unos 30 minutos, insatisfechos, inconclusos, incapaces. Derrotados, sin embargo alegres de compartir exactamente la misma sensación.

Ella aun quería que la besara. Imposible mi amiga. Triste, desdichada y cruelmente Imposible.

 
 
 

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