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FLOR DEL DESIERTO

  • 6 nov 2018
  • 2 Min. de lectura

Tuve un sueño mientras me quedé dormido en las arenas del desierto de Thar: Estaba observando la inmensidad del cielo embriagado del perfume de la espesa oscuridad, que la luz de los astros volvía un tierno arullo de madre. De pronto hubo un terrible estruendo proveniente de las profundidades de la tierra, y la corteza crujió. En un segundo me vi envuelto por una ingente tormenta de arena y justo cuando pensaba que sería devorado por su despiadada rabia cerré los ojos sólo para darme cuenta que la tormenta se había extinto y había dejado una hermosa flor en frente de mi; brotando de la cálida arena.

Sólo la inmensidad de la belleza del firmamento embarazado de estrellas era equiparable a sus 35 dorados pétalos, radiantes cada uno de ellos como el sol en el más glorioso amanecer. Anonadado, en ese mismo instante caí enamorado de la flor del desierto en la contemplación de su belleza. Por un segundo la deseé únicamente para mí, pero era imposible poseer tanta belleza y poder de aquella hija de la naturaleza, cuya hermosura era más intensa que el más radiante júbilo, más profunda que el miedo más oscuro. Ella no era solamente la reina del desierto sino del propio palpitar del cosmos, del que me volví un esclavo.

Poseído por su aroma, la suavidad de su tallo y su agresiva belleza me volví la propia sangre que corría en sus raíces, y dos alas de fuego nacieron de mi espalda. Me había vuelto una mariposa revoloteando el aire con alas de ardiente pasión.

Danzando el tibio aire al compás de la sonrisa de sus pétalos, danzando al ritmo del propio palpitar de su corazón finalmente posé mi tacto en su corola. No había siquiera besado un pétalo cuando un arrasante incendio que carcomía mis sentidos nos hizo arder en el momento que mis labios rozaron sus comisuras. Hasta que por fin juntamos nuestros labios en el más glorioso paroxismo de placer, furia y eternidad!

La tierra se abrió, las estrellas cayeron del cielo, los océanos se secaron y el aire ardió como butano. Incluso la luna roja explotó y emanó un elixir que se disolvió en la atmósfera cual perfume de mil campos de floripondio. El mundo entero pereció en nuestra unión. Nos volvimos uno. Nos volvimos la eternidad; el absoluto.

Juntos nos desintegramos en un rugido y desaparecimos para volvernos la oscuridad en el caos del propio cosmos!

De pronto desperté. Todo había sido un sueño. Sin embargo una semilla había sido depositada dentro mío. De mi costado derecho escurría un hilo de sangre y de mi pecho una hermosa flor con 35 dorados pétalos había brotado a través de mi piel.

 
 
 

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